Los lirones de Dulcina

 

Usseaux

Usseaux

Junto al borde de la cuenca que alberga la aldea de Usseaux y lo protege de los vientos y del frío, girando a la izquierda se entra hacia las casas por vías trenzadas y secundarias hasta salir a la Plaza del Ayuntamiento; escogiendo sin embargo de la derecha, el camino pasa junto a una tina cubierta de losa inmensa y, después de una ligera curva a la izquierda, se deja intuir de golpe el rio que desciende de Pian dell’Alpe, del cual sin previo aviso se capturan las notas y el canto. Cualquier paso todavía y he aquí el puente, al lado, cerca del monte, una hermosa casa con postigos cerrados para decir que no vive nadie.
El molino de Usseaux.
Svoltato l’angolo la grande rueda está ahí mirándote.
Incluso cuando está quieta se siente el ruido chillón de pernos entre la ráfaga de agua que le da vida; e incluso el olor de la harina, parece escuchar. Y se intuye la historia antigua de estos sonidos y aromas.
Un hechizo, como lo que estás a punto de leer, sucedió hace muchos años, tantos que nadie puede contar ni decir cuántos.
En el piso habitaba una familia de lirones. Salían de noche y a través de las ramas de un arce miraban la orilla del río buscando avellanas; en el otoño, un poco más adelante, en el bosque, algunos piñones ofrecidos por antiguas coníferas.
El abuelo de la familia de lirones recomendaba a los suyos no tocar el trigo de los hombres. Se conformaba con el refugio ofrecido en sus casas, decía, y obteniendo entre los árboles la comida.
En el viejo molino vivía también un hada, pero ninguno de los lirones lo sabía. Era una historia triste la que le había llevado entre esos muros y no quería ver a nadie. Dulcina su nombre, y a menudo ayudado los lirones que con el tiempo se convirtieron en amigos.
Un día, en aquel lugar tranquilo, aparecieron otros animales.
Ardillas, pero distintas de los primos de los lirones, rojas y a veces marrones, que todos conocían. Más grande, eran grises todos iguales, y prepotentes, y no tenían leyes ni sentimientos.
Se agarraban a los árboles alrededor del molino impidiendo a los otros el paso, empujando a irse a los pájaros e incluso a las mariposas. No dudaron en robar el trigo y los hombres, que nunca habían visto aquellos animales codiciosos, pensaron inmediatamente que los lirones eran los ladrones.
Porque los seres humanos se parecen un poco, a veces, a las ardillas grises todos iguales, son también codiciosos, piensan poco y no tienen problemas en hacer daño.
Basta alguien que los aliente y creen la locura como cierta, y otros no van a ver y buscar.
Si no hubiera sido por Dulcina los lirones habrían tenido que quien sabe dónde, dejando para siempre aquella casa que con tanto respeto habían habitado. Porque no siempre gana el justo sobre el que se comporta mal.
Los recién llegados, las ardillas grises, sabían de Dulcina, pero tal era su dulzor que nunca se preocupaban por ella; y grande fue su sorpresa cuando, una noche, el hada los afrontó diciendo que no era justo para tratar así a los otros y mucho menos era bonito robar cosas a los otros.
Se burlaron y la despreciaron y después, todos juntos, intentaron arrojarse encima para poder morderla.
Pero no se pueden meter las manos en un hada, que de pronto desapareció, no sin la promesa de que pronto sería reconstruida y con otros medios en la mano. Las ardillas se burlaron, volvieron a robar, y no pensaron más.
Los hombres mientras tanto estaban realmente enojados y sólo gracias a Dulcina los lirones no fueron asesinados. Por la noche, cuando todos dormían, llevaba comida a sus amigos hablándoles de esperar, de tener confianza, que después de un tiempo siempre viene otro, y mejor. Mientras tanto, pensó en cómo hacerlo.
Así fue que una mañana, cuando las fuertes ardillas se presentaron en el molino a robar, se encontraron frente a una criatura terrible y desconocida, que incluso las palabras se rompen al contarlo; sin voz pero con gruñidos y siseos tan terribles como para congelar incluso el sonido del agua en las palas. Por el miedo se detuvo la rueda y todo fue silencio para dar apariencia a la tremenda fuerza. Tres cabezas tenía y unas ganchudos y afiladas garras y aun peor una cola para barrer y despedazar todo lo que le rodeaba. Las ardillas grises todas iguales desaparecieron como un relámpago y nadie las vio más.
Y cuando todo estaba bien, desapareció la bestia y Dulcina volvió tan hermosa como antes y aún más dulce y decidió aparecer incluso para los humanos, para decirles que tengan cuidado, que no siempre todo es lo que parece.
Desde aquel día todos fueran amigos por mucho y mucho tiempo. Y todavía lo son. Porque el hada ha convencido a los hombres para no hablar.
Hay una leyenda sobre el molino, dicen, sólo, a los curiosos turistas que habla de lirones y de una hermosa hada, que mientras que corra el agua y caiga la nieve para hacer dormir a los lirones en invierno para que no necesiten el trigo de los hombres cuando muerda el frío.
Los turistas apenas escuchan, no creen en las hadas y menos en los lirones que confunden con ratones; no sienten el canto de la rueda grande y menos el olor del antiguo pan, y van otros tontos sin saber qué cosa mirar.
Y así será hasta que los hombres respeten a Dulcina y su molino, el agua pura y los lirones.

Ghiro su un nocciolo

Ghiro su un nocciolo

guarda la galleria