El ‘Cluclucia’.

Picchio verde, il papà

Picchio verde, il papà

Aquel verde es quizás el más bello entre las cumbres, y decir verde es un eufemismo, porque su verde confina y desconfina en el amarillo originando un tinte que ni siquiera siendo un pintor puedes hacer.
Trae un poco de rojo en la cabeza y alrededor del pico, mezclados con restos de negro, justo para que se distinga el papá de la mamá, pero son detalles que no cuentan.
Su especialidad, además de ser un carpintero, es el señuelo, o el canto si os gusta más: una risa, un risa prolongada, a menudo repetida, eco bajo la bóveda del bosque, que si no sabes lo que es se te riza el pelo sobre la espalda. Pero es una risa, una risa de vez en cuando, destinada a otros picos y no al hombre. Cluclucia, la llamaba el abuelo, al recordar sus versos. Y por arte de magia, en mi idioma, el carpintero se convirtió en nombre femenino. “Huele a hormigas porque adoran los huevos, y no es bueno comerlos” contaba.
Al mismo tiempo, de hecho, los animales se dividian lo bueno de comer y lo que no es bueno. Pero tal vez ellos se respetaban más… y todo el mundo sabía quién era la Cluclucia, verde amarillo brillante, que rie en el bosque pero no es una bruja y no es bueno comersela.

Picchio verde mamma con piccolo

Picchio verde mamma con piccolo